Resurreción de Cristo Capilla Sixtina

Resurrección

Hace unos días dedicamos un post al milagro de la Resurrección de Lázaro y su relación con la medicina. En otras ocasiones hemos explicado su impronta en la geografía y en las artes plásticas. Hoy publicamos este texto mencionando referencias literarias sobre personajes que vuelven de la muerte.

Resurrección, una virtud divina

La resurrección es uno de los pilares de la fe en todas las religiones. La palabra hace referencia a la acción de resucitar, de devolver la vida. Por tanto, no es difícil entender que constituya un símbolo de trascendencia para los humanos.

Generalmente se ha visto vinculada a una virtud divina. Por una parte, gracias al último milagro de Jesús: la Resurrección de Lázaro. Y desde luego, a la propia resurrección de Cristo para ascender y ocupar en el cielo su lugar a la derecha del Padre.

Estas historias bíblicas han marcado la vida espiritual de occidente. La iglesia católica con el paso de los siglos las ha extendido por todo el planeta. Pero también ha contribuido a inmortalizarlas la labor de cientos de amantes de la literatura.

Muchos escritores han sustentado sus obras en el dilema filosófico de la vida más allá de la muerte. Y también muchos han tratado directamente el tema de la resurrección, desde posiciones científicas, desde posturas místicas, e incluso como un mecanismo de inducir terror en sus lectores.

La resurrección ha servido en buena medida para redimir el miedo a la muerte con la promesa de una vida eterna y feliz en el cielo. Pero también se le ha confundido muchas veces con sepelios anticipados. Este es un temor que atormenta a los humanos desde la Antigüedad, el miedo a ser enterrados vivos.

Enterrados vivos

Ya sea accidental, o intencionados, los entierros vivos han sido una práctica universal a la que no escapa ninguna cultura, ni región del orbe. Platón, en la Antigua Grecia, ofrece la que quizás sea la primera referencia literaria del tema. Es la historia de Er, el soldado armenio que fue declarado muerto en la guerra. Cuando los sobrevivientes recogían los cadáveres putrefactos, hallaron a Er en buen estado. Ya estaba en la pira cuando volvió a la vida.

El temor a los entierros prematuros alcanzó el clímax en los siglos XVIII y XIX. En este período la población mundial tuvo que enfrentar epidemias como la viruela, la difteria y el cólera. Las víctimas eran descartadas prematuramente por la naturaleza contagiosa de estas enfermedades. No se seguían los protocolos para dictaminar la defunción. Al exhumar cadáveres se encontraron indicios de que algunos individuos habían sido enterrados con vida. Por esta razón comenzaron a diseñarse dispositivos para detectar entierros equívocos.

Era común en aquella época que la muerte fuera dictaminada por un párroco que a veces no tenía la formación médica idónea. O que los familiares solicitaran a un médico el certificado de defunción y éste lo emitiera sin haber examinado el cuerpo por las largas distancias y dificultades de desplazamiento. También estas situaciones estaban relacionadas con la muy conocida confusión entre el estado de coma y la muerte neurológica.

En el siglo XIX se patentó el primer ataúd con sistema de rescate. Se comercializó con éxito. Existían diversos modelos, pero el más conocido era el Campanario Bateson. Este prototipo tenía una cuerda conectada con la que el presunto difunto podría accionar una campana, para avisar que estaba vivo.

Resurrección, un acontecimiento transcendente

Uno de los escritores que más recreó el tema fue el norteamericano Edgar Allan Poe. En su cuento “Entierro prematuro” Poe narra diferentes historias de resurrección. En la primera de ellas describe con una pericia policial las evidencias de que una mujer había resucitado. Muestra todos los intentos que hizo desde su cripta por ser escuchada hasta morir encerrada bajo tierra. El sentimiento de agobio que experimentaban los lectores con estos cuentos era tal que le ganaron a Poe el título de escritor de terror.

Los autores que han trabajado estos temas a menudo suelen apoyarse en cuestiones de profunda fe religiosa. Por ejemplo, en que la propia resurrección de Cristo no tuvo testigos. No está narrada en ningún evangelio. Nadie pudo describir cómo sucedió físicamente. Esto implica que la resurrección en la literatura de ficción pueda ser recreada sin necesidad de ceñirse a un canon, a un referente bíblico. A la vez, sólo es demostrable por la señal del sepulcro vacío. Este se convierte entonces en un recurso literario que da fe de la resurrección.

El tema es tan conmovedor que ha sido representado por todas las artes. Cómo olvidar aquella escena de la película “Kill Bill”, en que la protagonista logra salir a la superficie desde su ataúd. Son muchos los ejemplos de representación de la resurrección en el arte y muy diversas las visiones de los creadores contemporáneos. Pero todos beben, de uno u otro modo, de las historias bíblicas, porque fue la resurrección de Cristo, y antes la de Lázaro, un acontecimiento trascendente para todos los tiempos.

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