Babalú Ayé o San Lázaro

Dos representaciones de una misma idea: San Lázaro y Babalú Ayé

Si alguna vez escucha usted a un cubano hablar de Babalú Ayé y San Lázaro indistintamente, piense que es algo natural. No se asuste.

Hace algunos meses tuve la oportunidad de conversar con un párroco español, que trabaja actualmente en Cuba. Me sentía tan cómodamente hablando sobre las cosas de la vida y los mensajes místicos que me aventuré a sacar el tema del sincretismo religioso. Para mi sorpresa noté que no entendía muy bien de qué le hablaba, o al menos eso me pareció cuando lo vi cortar el tema de un modo tajante.

No existe para la mayoría de los cubanos la necesidad de diferenciar, ni establecer posicionamientos religiosos, a la hora de venerar a un santo. Esto se debe a que se aprende socialmente una visión sincrética de la adoración de los Dioses.

Comulgar juntos

En otras palabras, no tenemos problemas para comulgar juntos y respetar las creencias del otro. Por ejemplo, si usted visita un bautizo en la iglesia de las Mercedes verá mucha gente devota de Obatalá. Si en cambio, visita en Santiago de Cuba el altar de la Virgen de la Caridad del Cobre, verá cientos de amantes de Ochún. Y desde luego, si visita usted el Rincón, en la capital cubana, verá cómo se adora en un mismo recinto a Babalú Ayé, o lo que es lo mismo, el Milagroso San Lázaro. Y es que no hablamos de dos entidades independientes. Hemos fundido dos ideas en un mismo ser. Hemos sincretizado África y Europa en un solo sentimiento indisoluble, que no cabe en nombres, ni es posible reducirlo a ello.

Existen en Cuba diferentes religiones, pero las más poderosas son la fe católica y la yoruba. Una nos llegó por la conquista europea y la otra por la esclavitud africana. Cuando a los esclavos no les quedó otra opción para mantener su fe que aceptar a los blancos dioses europeos, surgió el sincretismo en América. No somos la única cultura que ha atravesado por este asunto. Donde han existido procesos de dominación colonial, hay ejemplos de sincretismo religioso.

Mi amigo, el párroco católico español, quedó un poco escandalizado al pensar que en su iglesia estaría bautizando a gente que comulgaba en ambos bandos. No quiso saber más. “Todos somos hijos de Dios. No necesito saber más” -me dijo. Y hablamos de otras cosas, hablamos de salud y del milagro de la vida.

Giges Autor

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